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2009/01/21 EL MÉRITO DE SEGUIR VIVIENDO

ImageEn este año 2009 se conmemora el 40º aniversario de la irrupción del baloncesto femenino en Vigo bajo la denominación del REAL CLUB CELTA. Cuatro décadas llenas de vivencias, emociones, éxitos y algunos momentos negros que han colocado a esta entidad como símbolo del baloncesto femenino en Galicia y en el escenario estatal.

Alguien como el periodista Alberto Ovenza, que ha podido vivir toda esta trayectoria desde una posición tan privilegiada, refleja en este interesante artículo el significado que esta conmemoración tiene para la ciudad de Vigo

Uf, cuarenta años del Real Club Celta de baloncesto femenino. Sí que es mucho tiempo, sí, casi media vida, y parece que fue ayer. Pero es Vigo y aquí nada ocurre por azar y sí por conjunción de esfuerzos, por dedicación, por empeño en dar pasos hacia delante. Cuarenta años y un gran botín, porque cinco Ligas y cuatro Copas dan galones sobrados para pensar en el Real Club Celta como uno de los motores del campeonato nacional femenino. De hecho, es el único equipo junto al Cajacanarias que ha disputado todos los campeonatos desde que la Federación Española de Baloncesto adoptó para ellas la denominación de Liga Femenina. 

Vigo no estuvo en la primera línea de salida, en 1943 con el Campeonato de España (la Copa), ni en el comienzo de la Liga en 1963, pero nunca fue ajeno a ambos. Organizó la segunda edición de la Copa, en pista descubierta, en 1944 (16-12 para la sección Femenina de Madrid sobre el Español de Barcelona), y entró en 1965 en la elite liguera con el Estudiantes, el perfecto ADN céltico. 

Pero tanto dato se puede simplificar en uno solo. Importa que un 6 de septiembre de 1969 el presidente del Real Club Celta, Rodrigo Alonso, y el presidente del Estudiantes, José Nistal, ya desaparecidos ambos, pactaron colocarse a la altura del Madrid y del Barcelona en concepción filosófica (ambos tenían sección de baloncesto) y fueron más allá respecto al Barça con el equipo femenino. El Madrid lo tendría algunos años. Ahí estuvo la diferencia histórica. El baloncesto femenino, qué curioso, no era la prioridad (siempre se hablaba de ascender a Primera División masculina, ahora Liga ACB), pero se convirtió por su propio impulso en el motor de la sección hasta que el equipo masculino desapareció en la segunda parte de los años 1970. ¿Que cómo se hizo? Mérito de unas extraordinarias deportistas, que con sus éxitos cerraron cualquier camino de dudas.

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De las canchas descubiertas, las chicas (o las niñas, como cariñosamente las ha llamado siempre la afición) pasaron en 1968 al pabellón central de As Travesas, un lujo en aquella España diferente. Antes CDM, ahora IMD... tanto da: Maribel Lorenzo, Angeles Liboreiro, Susana García, Rocío Jiménez, Marisol Paíno, Juana Ingelmo, Ángeles Araújo, Elena Moreno. El Celta dio un paso hacia la profesionalización, hacia el futuro, cuando en Madrid y Barcelona se vendía otra cosa. Fue un club puntero por títulos, pionero por filosofía y respetado porque nadie llevaba 6.000 espectadores (sí, 6.000) a una pista. Surtidor constante de jugadoras para la selección nacional, espejo de futuras generaciones gracias a una cantera que dio productos formidables, el Celta ha sabido redescubrirse con el paso del tiempo, recomponerse de su eliminación durante ocho años por caprichos de un dirigente futbolístico que a finales de los años 80 no quiso entender el significado del prestigio, y volver a conquistar glorias entre dos siglos, al final del XX y justo al principio del XXI. 

Es 2009 año celeste sin duda, pero también del propio deporte femenino a nivel nacional. El Celta rompió tabúes en años en que la mujer se estrellaba contra un pensamiento único que la relegaba socialmente. El valor de las victorias, del esfuerzo, del espectáculo en fin (porque el basket femenino también lo sabe regalar) encontró en el Celta y en Vigo una caja de resonancia de especial importancia para equiparar sexos. Ocurre como siempre, que en Vigo nos cuesta reconocer lo que tenemos, que es mucho e histórico. Y el Celta femenino es digno valor museístico. Por tradición, por historia, por compromiso. Porque es ciudad. 
 

Alberto Ovenza.
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